buena alimentación, hidratación y defensas altas para el nuevo huésped no ponga en peligro nuestra vida. Este fue un ensayo y una llamada de atención para la contingencia sanitaria que comenzaría el año siguiente.
En esos días de mayo y de contingencia ambiental viajaríamos a Kolijke, dormiríamos en la reserva, e implementaríamos un taller de género en la secundaria de Ocomantla. Imaginé los días siguientes, de respiración profunda y de la rinitis no cerrándome la garganta, ni ahogándome cuando como algún alimento al que soy alérgica. La asociación entre la barranca, el descanso y el respiro no es difícil aunque vayamos a trabajar. La relación burda basada en la experiencia fue la siguiente: El Valle de México está contaminado pero Kolijke no está ahí, la barranca es un lugar que siempre reserva vida, humedad y oxígeno.
El día del viaje llegó. En las tres horas y media de trayecto sentí como mi cuerpo empezó a descansar por la promesa de respiración limpia que mi mente le hizo creer, y aunque no fue así supe que la ansiedad climática era cierta, y yo un receptáculo suyo como muestra, que no existe ni existió nunca una disociación mente/ cuerpo, así como tampoco la hubo entre el interior y el exterior, cuerpo-mente/ ambiente.
Sí, la respiración limpia solo fue una promesa. No anticipé la sequía de mayo y los incendios en fracciones de los montes cercanos, las plantas abrumadas e intentando sobrevivir al aumento de temperatura y la falta de agua, el exceso de luz porque los árboles decaídos no tupian, ni daban sombra. Tampoco conté con que el agua de la cascada no correría con la misma intensidad de siempre y en consecuencia la poza estaría seca y con el fondo lleno grietas.

Antes de la lluvia. Fotografía de Mashelli Contreras.
A principios de junio, en la reserva habría un encuentro de ecosofía, la ecopoética una línea a desarrollar. Me preocupé y pregunté en silencio, ¿qué les vamos a presentar a quienes vendrán?, si la idea era que vieran al Kolijke que siempre florece, se cuida y no se maltrata, y que, en este preciso momento, aunque se cuida y no maltrata, está viéndose afectado por incendios forestales cercanos, ¿qué tipo de experiencia poética puede haber en una selva que no abunda? La que incita a la reflexión1 y desde ahí confronta y asfixia, la que no necesariamente es placentera, la que sentimos en todo el cuerpo, incluso cuando no estamos en vigilia o cuando no vemos, pero imaginamos, la que nos permite en la experiencia quebrar la ilusión del viaje que emprendimos desde la ciudad para sentirnos salvos y con la fantasía rota palpar en la vivencia inmediata que, si no cuidamos la vida, nuestros pulmones pueden no volver a estar sanos. Esa reflexión poética avizora la posibilidad cada vez más alta de que la destrucción antropogénica nos alcance, también siembra el deseo que nos mueve a actuar para que no suceda.
Poco después llovió, salieron nuevas hojas, la humedad, las plantas y el verdín le regresaron a la reserva los tonos en los que la recordaba, la luz dejó de ser intrusiva, el agua se oía, pude remojar mis pies en la poza, mis ojos y mi piel perdieron el ardor que una siempre siente en el cuerpo cuando no está hidratado. Fue el agua salvando una vez más todo y poniéndolo a funcionar. Eso es la ecopoética, la que “propone que la vida es una reflexión que ocurre en el entretejido de la propia vida, y que dicha reflexión que todo lo entreteje […] se realiza con el corazón”.2
[1] Al respecto recomiendo el texto de la Reflexión ecopoética de Yaxkin Melchy Ramos.
[2] Ramos, Yaxkin. «La Reflexión ecopoética», Revista común, 28 de agosto de 2020, https://revistacomun.com/blog/la-reflexion-ecopoetica/

Después de la lluvia. Fotografía de Mashelli Contreras.
