Madre Tierra

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Este día, el día internacional de la Madre Tierra, mantengámonos sensibles y reflexivos, nunca está de más, en todo momento, enaltecer lo bello del planeta. Es importante dejarnos maravillar con lo que vive y sobrevive sobre la tierra, adorar el aire que respiramos, el agua y todo lo que se enraíza en el suelo; conocer y cuidar a cualquier caminante, volador y nadador que se cruce por nuestro camino. Sorprendernos de no ver siempre un paisaje igual, aunque estemos en el mismo lugar, a la misma hora, en el mismo día y en la misma estación del año, o  simplemente reírnos de la sorpresa de que llovió y no teníamos paraguas.

Me dan ganas de desparramarme en un homenaje cursi a la vida y a lo que da vida, ¡y cómo no sentirlo si se disfruta aún más todo lo que se habita y se cuida con amor! Sin embargo, no me dejaré ir por un tobogán de dulzura, como parte de la humanidad no sólo hay que ser receptivos con la belleza, cada vez son más las situaciones que conllevan a impactos socio-ambientales negativos, y estas situaciones también hay que desenredarlas con sensibilidad para procurar no ser parte del problema y, sobre todo, para implementar estrategias encaminadas a habitar un planeta mejor para todos los seres que lo compartimos.

Sin dejar de considerar el negativo esfuerzo de la humanidad por apropiarse desmedidamente de la naturaleza y sus procesos ecológicos, no deja de ser asombrosa la resistencia de los individuos y los ecosistemas para seguir viviendo fuertes y resilientes, esto lo podemos ver incluso en la ciudad; qué poderosas son las raíces de los árboles, tronando las banquetas y las jardineras, buscando el lugar que les pertenece.  Así como las raíces, la humanidad también tiene que adaptarse y buscar nuevos caminos hacia una mejor vida, una mejor vida para toda la biósfera.

Ahora sí, continuemos agasajándonos con la belleza. En los últimos meses he tenido la oportunidad de visitar la reserva de Kolijke, esta es un área de 73 hectáreas donde se realizan procesos de conservación y restauración ambientales, y que ante el gobierno de México porta la categoría de Área Destinada Voluntariamente a la Conservación (ADVC), aunque el título que yo le pondría sería “espacio inmenso cubierto de sorpresas, agua y vida, en el que para dónde mires hay algo que merece toda tu atención”.

 

Kolijke se encuentra en el municipio de Zihuateutla, en la Sierra Norte de Puebla, esta área alberga cuatro ecosistemas tropicales que, a lo largo de más de dos décadas, se ha cuidado y restaurado con gran ímpetu y responsabilidad.  La restauración es el resultado del trabajo de los cuidadores de la reserva, también de la adaptación de prácticas de los pobladores de las comunidades vecinas y de las ganas del ecosistema por recuperar sus ciclos naturales y sus espacios. Geográficamente es un espacio ideal para la conservación de la vida, ya que se encuentra dentro de una barranca con el río Necaxa al fondo, que a su paso va surtiendo de agua a la flora y fauna. Hasta en época de secas hay mucho verde en el paisaje.

Dentro de la reserva, en cualquier lugar donde te pares puedes mirar alrededor y sorprenderte de la enorme cantidad de movimiento que existe; hojas cayendo, enredándose y creciendo, el suelo descomponiendo materia orgánica y desprendiendo su particular olor de fertilidad y humedad. Musgos y líquenes creciendo por todas partes, en los troncos, en las rocas. Caminos de hormigas cargando cosas más grandes que ellas, tiernos y gordos escarabajos, pasarelas de libélulas y mariposas, montón de bichos volando y caminando. Me encanta escuchar los distintos sonidos de las aves, esperando distinguir el sonido del famoso Tucán escondido en algún árbol gigante, sonrío de ver a las Oropéndolas volando de un lado a otro cargando ramitas para sus nidos. Kolijke tiene la capacidad de conmover los ojos y el corazón.

Para implementar y crear buenas estrategias de conservación es indispensable conocer el espacio, reconocer a los que lo habitan en el suelo, el agua, el aire, ¡A todos! de norte a sur, de este a oeste y de arriba abajo. La reserva no sólo es el refugio de la fauna y flora, también es un refugio para la investigación y para la convivencia entre personas y naturaleza. A raíz de esto se han identificado y registrado 260 especies de aves, 123 especies de mamíferos, 30 especies de aráceas, 113 especies de libélulas y 700 especies de mariposas, un detalle precioso fue el descubrimiento de una nueva especie de mariposa nombrada Dircenna maricarmen, en honor a una de las fundadoras del proyecto.

En un pequeño recorrido con visitantes a la reserva María Elena, una productora campesina de la región, señaló un árbol y me dijo “Hace muchos años no veía este árbol…se llama Palo Volador, lo usan los voladores de Papantla”, yo estaba emocionada por conocer algo nuevo y ella por el reencuentro. De ahora en adelante ya no voy a ver a ese árbol como una ramita, ya tiene nombre, un recuerdo, y sé que sigue existiendo, así resalto la importancia de la identificación de  especies.

También me conmueve lo que pasa alrededor de la reserva; bajo la idea de que no se puede conservar y cuidar un espacio aislándolo de las actividades humanas, se gestionó la integración de las comunidades vecinas en el proyecto de conservación. En la localidad de Ocomantla se construyó un centro comunitario (Centro Comunitario Productivo de Ocomantla) el cual se inauguró en 2021 y se ha convertido en un espacio destinado a la organización comunitaria, la sensibilización ambiental y la promoción de técnicas productivas agroecológicas y sostenibles. Llena de esperanza de ver este tipo de proyectos, guiados por el cariño a lo que nos mantiene vivos, pienso que en este día y en todos los demás no dejemos que nuestra curiosidad por la naturaleza desaparezca, preguntemos de todo, aprendamos de todo para después poder compartirlo y crear cosas en conjunto. Evitemos aislarnos de los que nos rodea.